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Blog de Pregoneros Emocionales

S 4/04/2020 - juan presa

Ejemplo de disfunción emocional en torno a la crisis del COVID-19


En esta crisis del COVID-19 asistimos al tradicional campo de batalla en redes sociales en lo que se refiere a la información. Acusaciones al gobierno de incompetencia y opacidad, cuando no de ocultar información, por un lado, y por el otro, defensores de la unidad, de la lealtad al gobierno. ¿Podemos sacar alguna conclusión desde el punto de vista emocional? Desde luego que sí. De hecho, las polémicas políticas se dirimen mayoritariamente en un ring emocional. Numerosas voces ya lo llevan advirtiendo durante años, y creo que hemos llegado a un punto de palpable “infantilización” social con respecto a la información política.


Padre Adulto Niño 

Recordemos que en el paradigma del Análisis Trasaccional de Eric Berne, creado en 1950, distinguía tres formas de interactuar entre los seres humanos: la del Padre (moral y protectora, autoritaria), la del Adulto (datos, información, lógica, colaborativa) y la del Niño (inestable, vulnerable y emocional). Una de las representaciones de esta teoría PAN es la de los 3 globos, en la que, idealmente, los tres deben tener el mismo tamaño, aunque continuamente estén creciendo y encogiendo según las circunstancias y las relaciones momentáneas. Pues bien, parece que el público actual ha inflado su globo niño hasta límites patológicos. Y como niños se les maneja desde los emisores de información.

 

La adulación: Orgullo falso en lugar de Rabia verdadera

Desde el punto de vista emocional se pueden hacer varios análisis. Otro posible es el de las disfunciones según el MAT. En este modelo cada emoción tiene una finalidad, y si la utilizamos cuando no toca nos dañamos nosotros y al entorno.

 

¿En qué disfunción podríamos encuadrar la actual política informativa del gobierno ante el COVID-19? Por un lado tenemos la adulación, disfunción del Orgullo. Medios y periodistas incapaces de hacer un diagnóstico objetivo por preferir obtener unos beneficios económicos (publicidad institucional en el caso de los directivos, evitación de represalias, continuidad en el puesto, etc.), que significa que en lugar de utilizar correctamente la emoción Rabia para denunciar las injusticias y las mentiras, utilizan un Orgullo falso alabando y admirando a los de “su bando” por una gestión muy dudosa. Esto podría aplicarse de la misma manera a quienes sacando de quicio los fallos comprensibles en una crisis tan complicada como la actual, exageran su crítica con fines políticos o simplemente adjudican de forma gratuita intenciones criminales.

 

La temeridad y la imprudencia: Alegría falsa en lugar de Miedo verdadero

Vimos el 8 de marzo a numerosas organizaciones mantener convocatorias masivas, de miles de personas, cuando había ya alertas de pandemia por parte de la OMS, y más que suficientes casos de contagio en nuestro país. Todas ellas tienen su parte de culpa en la medida que, sabiendo el peligro, siguieron adelante. La más grave, por lógica, fue la del gobierno de la Nación, que teniendo obligación institucional de estar al tanto de las alertas sanitarias y competencias para evitarlo, decidió continuar con las celebraciones (alegría) en vista de los réditos políticos de una movilización multitudinaria con fuerte ingrediente ideológico, en lugar de establecer limitaciones legales o prohibiciones (emoción Miedo). Por ello podemos calificar su actuación como temeraria e imprudente. En este caso, la disfunción tiene la potencialidad de causar miles de muertes.

 

El fanatismo: Alegría falsa en lugar de Rabia auténtica

Todos los organismos y personas que sabiendo los peligros que acechaban a la población con la pandemia, siguieron adelante sin más, considerándolo una oportunidad magnífica para sus objetivos e intereses particulares (emoción Alegría), como un regalo caído del cielo, cayeron igualmente en el fanatismo, al no denunciar la mentira y la injusticia (emoción Rabia). En la misma disfunción están aquéllos cuya única razón para avalar y alabar la actuación gubernamental es su adscripción partidaria e ideológica. Esto les roba la capacidad de análisis racional y están al dictado de sus emociones falsas más primarias.

 

Conviene advertir que toda persona que decide colocarse continuamente en estas disfunciones (temeridad, fanatismo) no sólo atenta contra su propio bienestar, sino que actúa de forma tóxica en su entorno y termina convirtiéndose en lo que llamamos un sociópata, una persona tóxica.

 

En este desgraciado caso de una pandemia a nivel planetario, las consecuencias de actuar en disfunción emocional se ven de forma trágica en miles de muertos. Está claro que la mortandad de una enfermedad nueva siempre tiene factores imprevisibles, como es el desconocimiento de los efectos en el organismo y del tratamiento, y el descontrol en la velocidad de contagio. Pero ¿qué decir de los factores que sí se pueden prever y controlar, como el acopio de material de prevención y las medidas de salud pública para confinar a determinadas comunidades, o la prohibición de reuniones masivas? Es probable que la sociedad, o su parte sana, aquella que esté a salvo de la infantilización, el fanatismo o la adulación, pida cuentas de lo sucedido.


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