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Blog de Pregoneros Emocionales

X 5/08/2020 - juan presa

¿Qué son las disfunciones emocionales?


Llamamos disfunciones emocionales al mal uso que le damos a las emociones, bien porque usamos una cuando no toca, bien porque usamos la emoción equivocada, o porque la usamos en exceso o insuficientemente.

Véase que he utilizado el verbo usar porque las emociones son herramientas, no sensaciones inevitables e impuestas por un destino inexorable. Puede parecernos que estamos condenados a sufrirlas  (cuando son desagradables) porque las utilizamos erróneamente de forma automática, refleja, en "piloto automático". Las tenemos integradas en nuestro comportamiento sin pasar por nuestro consciente. Sin embargo, después de pasar una temporada observándose a uno mismo y tras un cierto entrenamiento, se pueden desaprender las disfunciones y aprender una gestión emocional correcta.


¿Cuándo "toca" usar una emoción u otra? 

Esto lo llevamos incorporado "de fábrica" cuando nacemos. Instintivamente sabemos cómo actuar de forma saludable y adecuada a los sucesos emocionales de nuestra vida. Claro está que la vida de un bebé o un niño es muy sencilla, mucho más que la de un adolescente o un adulto.

Lo que pasa es que entre los 3 y los 7 años, en esa etapa tan crucial para el crecimiento y la formación de la personalidad, normalmente el niño se desconecta de algunas de sus emociones por imitación de malos ejemplos de los adultos. Aprende a mentir, a no sentir, a actuar según un guión. Necesita agradar a sus padres, pertenecer a ese grupo, y toma decisiones que, para su edad, pueden servir de utilidad, pero que dejan de ser útiles cuando crece y llega a la edad adulta.

Así pues, hay muchas personas con un amplio margen de mejora de su gestión emocional, y lo pueden aprender como cualquier otro conocimiento, con unas sencillas reglas que, a poco que nos fijemos, son de una evidencia palpable.

La utilidad y el acierto de la ingeniería emocional se demuestran día a día en su aplicación. No hace falta dar un gran salto de fe, ni meterse en complicados estudios. Aplicando las reglas que se proponen comprobaremos cómo los acontecimientos de nuestra vida y nuestro estado de ánimo fluyen y se mantienen estables, con sus altibajos normales. La correcta gestión hace que la energía se acumule en nosotros aumentando nuestra capacidad de afrontar los retos. Se convierte en una fuente inagotable. La gestión errónea, por el contrario, nos desgasta, perdemos energía, drena nuestras fuerzas hasta agotarlas.

Resumiendo: cuando utilizamos la emoción incorrecta, decimos que estamos en una disfunción emocional y esto nos hace sentir mal. Las cosas no salen y nacen conflictos internos y externos.


Poner nombre a las disfunciones nos ayuda a solucionarlas

Para atacar mejor estos errores en la gestión emocional, es muy útil poner nombre a los comportamientos. En lugar de "me siento mal", "nos llevamos mal", "estoy enfadado" o "triste", tenemos ahora la posibilidad de afinar mucho más en el diagnóstico del problema y, por ende, en la estrategia para solucionarlo. Sabremos cómo se llama eso que nos pasa, y sabremos con certeza si estamos aplicando la solución o no.

Cuando nos descubramos sintiendo envidia por el éxito de otras personas, sabremos que ese malestar que nos invade es una disfunción que consiste en sentir rabia cuando deberíamos sentir orgullo. Al decirle a nuestra mente que esa sensación es disfuncional, estaremos en el camino correcto hacia el cambio. Cuando lo consigamos, podremos admirar los éxitos ajenos sin que eso menoscabe en absoluto nuestro ánimo, porque se habrán producido otros cambios en nuestro comportamiento. El correcto uso de la Rabia nos permitirá pillarnos criticando amargamente, cortaremos por lo sano esos pensamientos y nos pondremos en marcha para trabajar por nuestro propio éxito. Nos abriremos a admirar tanto la grandeza del otro como la propia.

Convengamos que este enfoque es mejor que simplemente decir "no debo sentir envidia", sin apenas comprender por qué la sentimos y cuál es el problema de fondo: el exceso de rabia, y el defecto de orgullo. Sabiendo además que el orgullo es la fuente de nuestra autoestima, tenemos un punto de partida para averiguar por qué no creemos en nuestro talento, y si, a lo mejor, nuestra tipología de personalidad nos ha configurado para sentirnos así.

Otro día hablaré de las tipologías de personalidad, una parte muy interesante del modelo emocional que nos permite conocernos mejor a nosotros y a los demás.

Así pues, no se trata sólo de poner nombres, sino que disponemos de unas reglas de funcionamiento de las emociones que llegamos a entender gracias a esos nombres que nos permiten diferenciarlas y conocerlas mejor.


Pregoneros Emocionales

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